Para entender la situación actual del cannabis a nivel social y legal es imprescindible conocer los hechos históricos que la preceden.La Barraca de maría se enorgullece de ofrecer un breve -pero completo- repaso a esa parte de la Historia que nos concierne de la mano del ilustre historiador y sociólogo Juan Carlos Usó. Agradecemos su colaboración con este conciso texto, y las imágenes que lo ilustran.

Historia reciente de la marihuana

De la legalidad a la prohibición

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Taller de cáñamo (Callosa de Segura) alicante 1906

La humanidad ha hecho uso de la planta del cáñamo desde tiempo inmemorial. En la España de finales del s. XIX y principios del XX constituía una fuente de riqueza, tanto agrícola como industrial, en los sectores de hilado, cordelería, calzado, alimentación…

Además, dada su proximidad a las zonas productoras marroquíes, en España también existía un conocimiento de sus efectos embriagantes superior al que podía haber en otros países. Lo curioso del caso es que, mientras los testimonios de viajeros españoles anteriores a 1860, lejos de contener valoraciones negativas, solían presentar los efectos del cannabis como placenteros y agradables; en cambio, a partir de la guerra de España contra Marruecos se sucedieron las informaciones sesgadas, estereotipadas, distorsionadas y completamente falsas, llegando a afirmarse que su abuso podía conducir a la locura y a la imbecilidad e incluso producir la muerte.

Por otra parte, el empleo de derivados cannábicos en la farmacopea, como agentes terapéuticos para un sinfín de síntomas y enfermedades está perfectamente documentado. Por ejemplo, en 1870 los Cigarrillos Grimault, elaborados en París a base de cáñamo indio, se recomendaban en la prensa de la época para combatir el asma, la rubefacción, el insomnio, la tos… Y en las postrimerías del XIX comenzó a destilarse en Albal (Valencia) el Licor Montecristo de Hachís, que se vendió sin ningún tipo de problemas como un eufórico tónico digestivo hasta bien entrado el siglo XX. Todavía durante la II República en las farmacias españolas, además de éstos y otros específicos –como tinturas, jarabes y callicidas fabricados con cannabis indica e importados desde EEUU–, se vendían tres genéricos: extracto graso, o sea, manteca de cannabis, extracto hidro-alcohólico y sumidades, es decir cogollos. La demanda de estos productos era tal que en 1933 el Servicio de Restricción de Estupefacientes tuvo que adquirir 100 kilos de cannabis indica destinados al mercado terapéutico-legal.

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Muchas personas están convencidas –y no sin motivos– de que la prohibición de la marihuana es un invento estadounidense. Sin embargo, la sugerencia de incorporar la resina de cáñamo a la lista de sustancias psicoactivas sometidas a control internacional acordada en el Convenio de Ginebra de 1925 partió de la delegación británica. Los razones de Gran Bretaña –como suele suceder en estos casos– no fueron farmacológicas, sino políticas. De tal manera, si el gobierno británico elevó a cuestión esencial la fiscalización del hachís fue porque su consumo se había convertido en símbolo de una actitud opuesta a su colonialismo en todo Egipto y especialmente en El Cairo.

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De hecho, la primera detención que se produjo en España en UU. Los detenidos eran un matrimonio que había trabajado en el mundo del espectáculo como dueto cómico, con el nombre de Los Imán, y a quienes se les ocuparon 825 gramos de marihuana que habían traído desde México a Barcelona.

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Por lo demás, es cierto que los principales enemigos de la marihuana se encontraban en EEUU. En primer lugar, estaba el imperio de la industria petroquímica DuPont, que había inventado el nylon –en 1935– así como otras fibras plásticas, y para el cual el cáñamo representaba un obstáculo insalvable para su expansión; en segundo lugar, el periodista, editor, publicista, empresario, inversor, político y magnate de los medios de comunicación William R. Hearst, que emergió como uno de los más poderosos personajes de la escena política y empresarial estadounidense, y cuyos intereses también chocaban frontalmente con la oferta de cáñamo legal; y, por último, Harry J. Anslinger, que fue director de la Oficina Federal de Narcóticos (FBN) desde su creación en 1930 hasta 1962, y cuyo odio por la población afroamericana en general y por el jazz en particular era proverbial.

De tal manera, la prohibición de la marihuana en EEUU estuvo precedida por una intensa campaña de prensa en su contra y también por la comercialización de películas del género conocido como exploitation fiction, tipo Marihuana (1935), Reefer Madness (1936), Assassin of Youth (1937)… Así, cuando se prohibió la marihuana en 1937, se calculaba que en EEUU la fumaban unas 60.000 personas, muchas de ellas inmigrantes de origen mexicano y también otras muchas de raza negra. Los resultados de la prohibición no se hicieron esperar. Así, en 1945, según el prestigioso semanario Newsweek, eran ya más de 100.000 las personas que fumaban marihuana en EEUU.

Bien es cierto que durante la II Guerra Mundial se produjo una situación paradójica, pues en plena cruzada contra la yerba la Administración estadounidense se vio obligada a recurrir de nuevo a los frutos del cáñamo proscrito para hacer frente a determinadas necesidades bélicas. Así, en 1942 se rodó y proyectó el conocido documental oficial de propaganda titulado Hemp for Victory. Sin embargo, ese mismo año, también se estrenó la película Devil’s Harvest (The Smoke of Hell), que incidía en los mismos tópicos de los filmes de ficción de explotación mencionados anteriormente.

La situación en los años 40 y 50

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En 1952 algunas autoridades estadounidense como el comisionado Anslinger, el fiscal Goldstein y el inspector general de educación Jansen se encargaron de difundir en todo el mundo la noticia sobre la “tremenda plaga” que representaba el “narcotismo infantil” en los EEUU, donde se suponía que uno de cada 200 escolares fumaba marihuana.

En España, donde no existían tensiones con minorías raciales como en EEUU, la situación era otra bien distinta. El hábito de fumar kif y grifa había sido importado y extendido en gran medida por el ejército sublevado en África que había constituido la columna vertebral del bando que finalmente resultó victorioso en la guerra civil (1936-1939). Por un lado, era tolerado, lo cual no quiere decir que estuviera bien visto. Por ejemplo, el escritor y psiquiatra L. Martín Santos –natural de Larache– consideraba las veleidades cannábicas como una “toxicomanía de países subdesarrollados”; el también escritor R. Sánchez Ferlosio constataba que aquellos que habían adquirido la costumbre de fumar kif por haber hecho el servicio militar en Marruecos eran designados despectivamente “moránganos”; el diario ABC calificaba a la grifa como una “especie de estupefaciente para pobres”; el también psiquiatra E. González Duro reconocía que estaba consideraba como “una despreciable droga de moros, sólo apta para pobres y para gentes de mal vivir”; el reportero J. Camarero la definía como una “minidroga un tanto plebeya”…

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Con todo, durante la década de los 50 su empleo ya estaba muy extendido, no solo entre la soldadesca africanista o ex africanista y entre sujetos marginales, sino también entre individuos socialmente integrados… A título ilustrativo podemos destacar que en 1952 se descubrió un fumadero de grifa en Málaga y un año después otro en Sevilla; en 1954 se intervinieron varias plantaciones clandestinas: dos en Alcalá de Guadaira (Sevilla), de 150 y 45 plantas respectivamente, y otra en Vega del Tajo (Toledo), de unas 11.000 plantas; en 1955 se descubrió un fumadero en Barcelona y otro en Madrid; y al año siguiente otros dos fumaderos: uno más en Madrid y otro en Esplugues de Llobregat (Barcelona).

La década prodigiosa

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Durante los años 60 el hachís y la marihuana empezaron a ser reivindicados por determinadas subculturas juveniles: beatniks, hippies… No solo eran reivindicadas como drogas lúdicas, más inocuas que el alcohol, sino que –por influencia de religiones y filosofías orientales– también se convirtieron en vehículos ebriedad sacramental.

La ingenua convicción de que las drogas, el sexo y la música podían transformar el mundo se extendió entre gran parte de la juventud occidental. El alcohol era la droga que representaba a la sociedad adulta, la droga a combatir, de modo que el hachís y la marihuana fueron enarbolados como estandartes de la contracultura.

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Si bien Psychedelic Review empezó a publicarse en California en el verano de 1963, podemos considerar que el movimiento antiprohibicionista surgió algunos años más tarde en Londres. En 1966 inició su andadura The International Times –o simplemente IT–, una revista decididamente underground, y al año siguiente comenzó a publicarse la revista Oz, como una especie de órgano oficioso de la psiquedelia y el hippismo más entregado. Ese mismo año la artista feminista, periodista y activista Caroline Coon –en colaboración con Rufus Harris– fundó la organización Release, que ofreció asistencia legal en casos de arrestos por motivo de drogas a muchas personas jóvenes acusadas de posesión, entre ellas algunas celebridades como George Harrison y Mick Jagger. En julio de ese mismo año más de cinco mil jóvenes se concentraron en Hyde Park para pedir la legalización de la marihuana. Y dos años después el informe Wotton no prosperó, pero consiguió elevar el asunto de una eventual legalización de la droga al Parlamento británico.

Un porro humeante en primer plano, entre los dedos de alguien que estaba a punto de llevárselo a la boca, copó la portada de Life el 31 de octubre de 1969. El único titular que exhibía la influyente revista estaba dedicado a la marijuana. Tras anunciar que al menos 12 millones de personas la habían probado en EEUU, dejaba caer dos preguntas: ¿Está penalizada demasiado severamente? ¿Debe ser legalizada? Así, no es de extrañar que en 1970 buena parte de la prensa española (Blanco y Negro, Pueblo, Gaceta Ilustrada, etc.) se hiciera eco de estos primeros planteamientos antiprohibicionistas, mientras las autoridades gubernativas descubrían con horror que se había producido un salto cualitativo en el espectro sociológico de los consumidores de grifa, cuyo empleo de había extendido entre niños mal de familias bien, incluso entre universitarios.

Los años 70

Definitivamente, durante los años 70 el estado de California se puso a la cabeza no sólo del movimiento antiprohibicionista, sino que propició una auténtica revolución en el cultivo de marihuana. En 1972 empezó a celebrarse el National Marijuana Day y en el verano de 1974 apareció el primer número de la mítica revista High Times. Pero según un veterano cultivador de la zona todo comenzó cuando un barco cargado de semillas de cannabis indica –procedentes probablemente de Afganistán– llegó al norte de California. Gracias a esas semillas, los cultivadores locales empezaron a conseguir híbridos cada vez más potentes y a intercambiarlos.

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Para muchos cultivadores, 1976 fue el año del descubrimiento, el año que empezaron a producir marihuana de verdad, toda vez que hasta entonces había consumidor que ni siquiera discriminaba entre plantas macho y hembras.

Ese mismo año, dos de esos primeros cultivadores de élite, Mel Frank y Ed Rosenthal, publicaron la primera guía para el cultivo de marihuana de gran calidad, tanto en interior como en exterior. Y como consecuencia inmediata empezó la celebración –durante las primeras ediciones en la más estricta clandestinidad– de un Festival Anual de Cultivadores, es decir, del primer concurso de marihuanas.

Paralelamente, en Holanda, concretamente en Ámsterdam, gracias a su política más pragmática en materia de drogas, que diferenciaba las llamadas “blandas” de las “duras”, empezaron a abrirse los primeros coffee shops y con el tiempo a desarrollarse una auténtica pasión por perfeccionar el cultivo en interior, propia de un país que acostumbrado a disputar terreno a mar y que no posee una climatología demasiado favorable para el cultivo en exterior.

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De alguna manera, la revolución californiana y holandesa de la yerba tuvo eco en España después de la muerte de Franco. Para empezar, entre 1977 y 1978 se publicaron tres libros fundamentales para el posterior desarrollo de una auténtica cultura cannábica: El Club del Haschisch, de P. Heining (ed.), El libro de la Yerba, de G. Andrews y S. Vinkenoog (eds.) y el Manual para el cultivo de la marihuana, de Frank y Rosenthal. Además, la revista libertaria Ajoblanco dedicó un número extraordinario a la marihuana que tuvo una gran difusión. En 1979 salió a la luz una publicación llamada Globo, que se presentaba abiertamente como una “revista psiquedélica” y contenía mucha información sobre el hachís y la marihuana, y en la Universidad de Deusto se celebró el primer San Canuto del que tenemos noticias, con gran escándalo por parte de las autoridades académicas y de una buena parte de los medios de comunicación.

Antiprohibición y asociacionismo cannábico en España

El antiprohibicionismo organizado España surgió también durante esos años. En 1977 se dio a conocer en Barcelona el colectivo Legalización de la Marihuana (LEMAR), un “grupo pequeño, pero activo, en contacto irregular con TRICOCO (Tribus, Cooperativas, Comunas)”, que se dedicaba a reunir “material, documentos y contactos con médicos, abogados, etcétera”. Por otra parte, y sin que tuviera nada que ver con el grupo anterior, el colectivo Sociedad Alternante convocó la primera “gran fumada” colectiva reivindicativa, que se celebró el 12 de mayo de 1978 en la plaza de Cataluña de Barcelona. Y en 1980 la Joven Guardia Roja (JGR) era la que aprovechaba el día de San Canuto para celebrar fumadas de porros en varias ciudades españolas, en demanda de su legalización. Concretamente, en Madrid se celebraban actos reivindicativos de estas características en la Plaza de España y en los barrios de San Blas, Vallecas y Malasaña.

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Estas iniciativas aisladas no tuvieron continuidad, mientras a nivel internacional Holanda iba cobrando cada vez más protagonismo en el mundo cannábico, en detrimento de California. En esta circunstancia, no solo tuvo que ver el grado de especialización alcanzado por los cultivadores holandeses, que permitió que en 1987 comenzara a celebrarse en Ámsterdam la High Times Cannabis Cup, sino también el hecho de que el ex gobernador de California Ronald Reagan alcanzara la presidencia de los EEUU. Si durante la legislatura del presidente Jimmy Carter (1977-1981) había llegado a especularse con una eventual legalización de la marihuana, durante la presidencia de Reagan (1981-1989) lo que se vivió fue una continuación de la cruzada contra las drogas que ya había decretado antes Richard Nixon (1969-1974) y había proseguido su continuador Gerald Ford (1974-1977). Dicha cruzada en el caso de la marihuana incluía no solo severas restricciones para sus usos medicinales ya autorizados, sino también la fumigación con el pesticida paraquat de plantaciones ilegales mexicanas y otras localizadas en los estados de Georgia, Kentucky y Tennessee. Curiosamente, una de las principales consecuencias de dichas fumigaciones, decretadas y justificadas públicamente por Carlton Turner, el “Zar de las Drogas” bajo el mandato de Reagan, fue un mayor desarrollo del cultivo indoor.

En mayo de 1987 se constituyó en Madrid la Asociación de Consumidores de Derivados del Cannabis (ACDC). Se trataba de tomarle la delantera al alcalde de Toledo, que en noviembre de 1988 publicó un bando estableciendo multas de hasta 15.000 pesetas, con el fin de sancionar “el consumo de drogas en cualquiera de sus modalidades o presentación, en todas las vías y lugares públicos de la ciudad”. A los pocos días era el alcalde de El Ferrol el que adoptaba la misma medida.

A destacar también el hecho de que en las elecciones legislativas del 29 de octubre de 1989 concurrió una candidatura antiprohibicionista, Grupo de Radicales en Madrid (GRM), integrada por un variopinto abanico de intelectuales y personajes del mundo del periodismo, el arte, la cultura y el espectáculo, que obtuvo poco más de 3.330 votos, equivalentes al 0,02%.

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Hubo alcaldes en toda España que se sumaron a la iniciativa de sus homónimos de Toledo y El Ferrol. Por parte de los antiprohibicionistas no hubo una respuesta coordinada ni homogénea (de hecho, en la mayor parte de localidades no se hizo nada al respecto): en Nules (Castellón) un grupo de vecinos presentó un recurso en el propio Ayuntamiento impugnando el bando del alcalde, en Valencia se celebró una concentración bajo el lema “¡Porras no! ¡Porros sí!”, convocada por Jove Germania (JG-Moviment Comunista del PV), y en Barcelona se creó la Asociación Ramón Santos de Estudios sobre el Cannabis (ARSEC), que a la postre se convertiría en el principal referente del movimiento antiprohibicionista durante los años venideros.

La entrada en vigor de la Ley sobre Protección ciudadana, más conocida como ley Corcuera, en febrero de 1992 determinó que las asociaciones a semejanza de la ARSEC proliferaran en todo el Estado, dando lugar a una especie de asociacionismo “cultural” que tuvo sus momentos cumbre en la presentación de la campaña “¡Me planto!” y en las cosechas recolectadas por la asociación Kalamudia sin que lo impidieran las autoridades, y se materializó en la aparición de numerosas publicaciones y la celebración de infinidad de jornadas informativas y reivindicativas, sin desdeñar el carácter lúdico-festivo (conciertos de música, concursos de muestras de cannabis, fumadas colectivas, etcétera). La culminación de esta etapa vino con la creación de la Federación de Asociaciones Cannábicas (FAC), con la integración del movimiento en la Coalición Europea por Políticas de Drogas Justas y Eficaces (ENCOD) y otras iniciativas internacionales. Sin embargo, el experimento de una plantación legal para el consumo personal de los asociados que ensayó la ARSEC finalmente fracasó al no contar con el beneplácito de la fiscalía y la judicatura del Tribunal Supremo.

El futuro

La punta de lanza del antiprohibicionismo desde los años 60 hasta los años 90 del siglo pasado se fue desplazando desde el mundo anglosajón (Gran Bretaña, EEUU) hasta el viejo continente (Holanda, España). Ahora mismo, bien entrados en la segunda década del siglo XXI parece que la vanguardia antiprohibicionista se ha basculado de Europa al continente americano: en Uruguay la marihuana ha sido legalizada, EEUU ha abierto la puerta a su legalización en los estados de Washington y Colorado, y varios presidentes y ex presidentes de países latinoamericanos no se han mostrado nada refractarios a la idea de revocar la prohibición de las drogas…

time ¡A lo mejor, esta es la buena!
juan-carlos
Juan Carlos Usó Arnal www.mundoantiprohibicionista.com

(Nules, Castellón, 1959) es Licenciado en Geografía e Historia (sección Historia Contemporánea) por la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Valencia y Doctor en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Ha sido profesor de “Sociología de la delincuencia”, asociado al Departamento de Sociología de la Universidad “Jaume I” de Castellón (curso académico 1996/1997) y profesor de “Prevenció en els mitjans de comunicació”, del Curs de Postgrau Màster en Drogodepedències, organizado por la Divisió de Ciències de la Salut del Departament de Psiquiatria i Psicobiologia Clínica de la Universitat de Barcelona (promociones de 1999, 2001, 2003, 2005, 2007 y 2009). Es autor de los libros Drogas y cultura de masas (España 1855-1995) , Spanish trip (La aventura psiquedélica en España) y Pildoras de realidad.